El kerigma: qué es y por qué importa Parte II: La vida, muerte y resurrección de Jesús

Authored by Dr. Chris Burgwald in Issue #6.3 of The Catechetical Review

Introducción

A lo largo de las últimas décadas, los teólogos que se enfocan en reflexionar sobre la evangelización en general, y sobre el momento de la catequesis, dentro de ella, en particular, han reflexionado y atendido considerablemente al tema del kerigma, y muy acertadamente. El kerigma puede ser entendido adecuadamente como la síntesis del Evangelio, y, como tal, siempre merece un estudio más atento, especialmente así en un tiempo en donde el catolicismo está menguando en muchas partes.

En esta serie de tres partes, yo explico qué es el kerigma y por qué es importante. En la primera edición, he ofrecido una visión general del kerigma, identificando siete componentes esenciales: 1) la salvación, 2) la vida, 3) la muerte, 4) la Resurrección de 5) Jesús de Nazaret, quien es a la vez 6) Cristo y 7) Señor. Habiendo ya discutido acerca del componente salvífico en la primera edición, en la presente me centraré en los siguientes tres componentes: la vida, muerte (incluyendo su sepultura) y la Resurrección de Jesús.[1]

La vida de Jesús como parte del kerigma

Cuando pensamos en la existencia terrena de Jesús y el kerigma, es muy común poner nuestra atención en su muerte y sepultura. Después de todo, es en este momento cuando Jesús se ofreció a Sí mismo por nuestra salvación – otro aspecto del kerigma – por puro amor hacia el Padre y por cada uno de nosotros. Su don perfecto de sí mismo, si auto-sacrificio literalmente hablando, obvia y justamente consigue obtener la mayor parte de nuestra atención.

Sin embargo, no debemos olvidarnos de la proclamación acerca la vida de Jesús y andar simplemente al Viernes Santo y al Domingo de Resurrección. En otras palabras, la verdad que Jesús realmente vivió una vida humana es tan parte integral del kerigma, como lo es su muerte y su Resurrección. Aquí veremos solamente algunas de las razones por las que esto es así.

En primer lugar, para reconocer que Jesús realmente vivió y que lo hizo en un tiempo y espacio específico, como parte integrante de una familia verdadera y entre personas verdaderas, es declarar definitivamente que la fe cristiana no es un mito. Recordemos, el kerigma es la proclamación de algo que ha sucedido: el Evangelio no es una fábula ni un mito, que comienza “érase una vez”, o “hace mucho, pero mucho tiempo en una galaxia muy lejana”. No, nuestra fe, en su raíz más profunda, proclama que él vivió como un hombre.

En segundo lugar, reconocer la “vida real” de Jesús, también proclama la verdad acerca de Su humanidad: Jesús vivió una vida real, humana. No solamente fue real, sino también en muchas maneras, muy ordinaria; era como nosotros en todo, excepto en el pecado. Hablando de la parte de Su vida que es desconocida para nosotros – desde que sus padres Lo encontraron en el Templo a la edad de doce años, hasta Su Bautismo por Juan el Bautista, alrededor de cuando tenía 30 años – el Catecismo nos dice que durante este tiempo “Jesús compartió, durante la mayor parte de su vida, la condición de la inmensa mayoría de los hombres: una vida cotidiana sin aparente importancia, vida de trabajo manual” (CEC 531).

Uno puede preguntarse acertadamente: ¿si gran parte de la vida de Jesús fue tan ordinaria, por qué es parte del kerigma? El Catecismo proporciona una respuesta: hablando de su obediencia a María y a José, nos dice que “La obediencia de Cristo en lo cotidiano de la vida oculta inauguraba ya la obra de restauración de lo que la desobediencia de Adán había destruido” (CEC 532) En otras palabras, la vida ordinaria de Jesús fue ya el comienzo de nuestra salvación: en su obediencia a María y a José, Él ya estaba desatando la caída de la humanidad causada por la desobediencia de Adán.

Así que, anunciar la vida de Jesús es proclamar que Él realmente vivió, que fue realmente humano y que gran parte de Su vida fue, al mismo tiempo, ordinaria y salvífica.

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