The Catechetical Review - Communicating Christ for a New Evangelization

Jesús y el transexualismo

Authored by Dr. John Bergsma in Issue #6.1 of Catechetical Review
En el número anterior de The Catechetical Review,[1] miramos la luz que da la Sagrada Escritura sobre el movimiento transgénero moderno, en particular los relatos de la Creación y de la Ley de Moisés. Ahora queremos ver específicamente algunos textos relevantes de los Evangelios y del Nuevo Testamento en general. Las enseñanzas más claras de Jesús en cuanto a los asuntos sexuales se dan cuando los fariseos lo presionan sobre el divorcio en Mateo 19,3-6: Y los fariseos lo pusieron a prueba, “¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer por cualquier motivo? El respondió: ¿No han leído ustedes que el Creador, desde el principio, los hizo varón y mujer; y que dijo: ‘Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos no serán sino una sola carne’? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido.” Jesús reconoce sólo dos géneros, masculino y femenino, y afirma que han sido creados por el mismo Dios. Además, Jesús afirma que la unión física / sexual entre hombre y mujer en el matrimonio es sagrada, habiendo sido establecida por Dios: “Que el hombre no separe lo que Dios ha unido”. ¿Cómo deriva esto desde Génesis 2,24, que describe a la unión de hombre y mujer utilizando la voz pasiva: “se une a su mujer… se hacen una sola carne”? Jesús interpreta esto de manera autoritativa como un pasivo divino, un recurso literario de la literatura bíblica y judía por el cual el escritor no nombra a Dios por reverencia religiosa, sino que pone en el pasivo a la acción de Dios. Por lo tanto, el significado verdadero de Génesis 2,24 es, “un hombre…es unido por Dios a su mujer… y los dos son hechos una sola carne por Dios”. En relación con la controversia moderna transgénero, por lo tanto, Jesús reconoce solamente dos géneros, e identifica a Dios – no a la sociedad, ni a una construcción social, ni a la psicología humana, etc. – como el Autor y Él que establece esos dos géneros, además de la institución del matrimonio. La Ley judía, basada en la Ley de Moisés (Lev 18,1-23), rechazó a toda actividad sexual entre personas del mismo género, o entre personas en toda relación fuera del matrimonio entre un hombre y una mujer, y no existe la menor sugerencia que Jesús haya disputado esa enseñanza. Al contrario, Jesús avanza la enseñanza tradicional judía mucho más lejos, dándole una interiorización radical: “Habéis oído que se dijo: ‘No cometerás adulterio.’ Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Si, pues, tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehena. Y si tu mano derecha te es ocasión de pecado, córtatela y arrójala de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo vaya a la gehena.” (Mateo 5, 27-30). De acuerdo a la enseñanza de Jesús, entonces, las prohibiciones tradicionales de la inmoralidad sexual aplican también a actos interiores del corazón y de la imaginación. Tener fantasías acerca de actos malos ya de por sí es un acto malo, y el estándar ineludible de la santidad (“sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” Mateo 5,48) nos exige, si es necesario, tomar medidas radicales para evitar el pecado – lo cual se expresa de manera hiperbólica con “sácate el ojo” o “córtate la mano”. Todo esto en realidad no deja espacio para que el discípulo de Cristo se imagine que él o ella tenga algún género distinto del de su sexo biológico. El sentimiento que uno sea de otro género distinto al de su sexo biológico quizás no sea algo que uno mismo elija, pero los discípulos de Cristo tienen que evaluar la verdad de sus sentimientos y sensaciones contra el estándar de la Revelación Divina y de la enseñanza de la Iglesia. La sensación de atracción erótica hacia su compañero de trabajo quizás tampoco sea elegida por uno mismo, y quizás sea “natural” en un sentido biológico. Sin embargo, no justifica que una persona casada actúe sobre esa sensación; más bien, el discipulado cristiano requiere que la persona casada reconozca ese sentido de atracción como un peligro que debe de ser rechazado y suprimido. Del mismo modo, una atracción física hacia un menor de edad quizás no sea algo que uno mismo haya elegido, y quizás sea “natural” biológicamente, sin embargo, el discipulado cristiano nos exige rechazar esos sentimientos y sensaciones, y ni sucumbir a ellos, ni actuar sobre ellos. Del mismo modo, el mero hecho de que tengamos sentimientos o sensaciones hacia el vestirnos, identificarnos o comportarnos de maneras asociados con el sexo opuesto, no justifica el consentir o actuar sobre esas sensaciones. Tenemos que actuar de acuerdo con lo que es verdad acerca de nuestros cuerpos y la verdad revelada en la Escritura. Jesús enseñaba y llevó a cabo su ministerio entre el pueblo común de Judea a quienes les faltaba la riqueza y el tiempo libre como para consentir formas inusitadas o exóticas de comportamiento sexual. Sin embargo, San Pablo llevó el Evangelio a regiones de gran riqueza en el Imperio Romano, donde formas exóticas de actividad sexual extraconyugal eran comunes y populares. El emperador que condenó a muerte a Pedro y Pablo – Nerón – de hecho, practicaba una forma de transexualismo. Él y su amante de sexo masculino se vestían y se presentaban como jóvenes mujeres cuando mantenían relaciones sexuales juntos. Sin embargo, no era Roma, sino Corinto que tenía la mayor fama por el comportamiento sexual extravagante. El templo de Afrodita (alias Venus), la diosa del sexo, empleaba hasta mil prostitutas sagradas. No es coincidencia que las cartas de San Pablo a los corintos contengan su enseñanza más explícita sobre la sexualidad.

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This article is from The Catechetical Review (Online Edition ISSN 2379-6324) and may be copied for catechetical purposes only. It may not be reprinted in another published work without the permission of The Catechetical Review by contacting editor@catechetics.com

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