La Eucaristía: ¿Quién, cuándo, qué, porqué, dónde? Primera Parte

Authored by Peter Kreeft in Issue #5.1 of The Catechetical Review

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Sócrates y Platón y Aristóteles y Buda y Confucio y Lao-Tse nos dieron su mente; Cristo nos dio su Cuerpo. Todos intentaron salvar al mundo de la ignorancia por medio de su filosofía; Cristo salvó al mundo del pecado y de la muerte y del infierno por su Cuerpo y Sangre – tanto en la Cruz como en la Eucaristía. Cristo dijo: “Vengan a mí”. Buda dijo, “No me miren a mí, sino miren a mi dharma, mi enseñanza.” Los otros dijeron, “Hablo la verdad,” pero Cristo dijo, “YO SOY la Verdad”. Cuando recibimos la Eucaristía, comemos la Verdad. Cristo es el sentido de la vida. Cuando lo recibimos a Él, recibimos el sentido de la vida en nuestro cuerpo, no solo en nuestra mente.

El Evangelio es una serie de eventos, culminando en un matrimonio. El novio, Cristo y su novia la Iglesia (nosotros) ambos venimos de muy lejos para conocernos y casarnos. Él viene desde la eternidad al tiempo, del cielo a la tierra, del espíritu a la materia, desde la perfección a un mundo lleno de pecado y penetra nuestra vida llena de pecado. Desde la nada en absoluto nos dota de existencia por medio de la creación, y finalmente, nos concede nuestro nacimiento; luego nos inserta a su Iglesia, a su Cuerpo, por los Sacramentos, comenzando con el Bautismo, el cual es nuestro segundo nacimiento. Estos son eventos dramáticos, buenas noticias, el Evangelio. Ya que nuestra religión es esencialmente la Buena Nueva, es propio preguntar las mismas cinco preguntas que haría un reportero: ¿quién, cuándo, qué, porqué, y dónde?

Estas cinco preguntas son las que me di la tarea de contestar en esta serie de artículos acerca de nuestro encuentro con Cristo en la Eucaristía. Abordamos las primeras dos preguntas en este número.

¿Quién?

Cristo y la Eucaristía: que son una sola cosa, no dos. Esa es mi respuesta sencilla a la primera pregunta: ¿Quién? Nuestra vida entera y todo lo que hay en ella son el regalo que Cristo nos da. El universo entero es el regalo que Cristo nos da. La Eucaristía, sin embargo, no es simplemente el regalo que Cristo nos da. Es el Dador, es Cristo mismo en Persona, toda la Persona, quien es divino y humano – dentro de lo humano, su Cuerpo y Alma y dentro del Cuerpo, su Carne y su Sangre. Estos tres dobles (divinidad y humanidad, Alma y Cuerpo, Carne y Sangre) son todos unitarios, ya que es una sola Persona, el mismo Cristo. La unicidad de la Eucaristía es la unicidad de la palabra más flaca y sencilla de nuestro idioma (inglés), la palabra “yo” (“I”). Porque el Evangelio no es tan solo un “qué”, sino un “Quién”.

En los primeros siglos, los enemigos paganos de la Cristiandad acusaron a los cristianos de ser caníbales porque afirmaban que comían literalmente el Cuerpo de Cristo. Esta acusación fue falsa, pero también cierta. La afirmación católica acerca de la Eucaristía es apenas creíble; ¡es increíble y asombrosa! ¡Dios Todopoderoso nos permite comer su Cuerpo y beber su Sangre!

Esta asombrosa afirmación católica tiene que ser cierta o falsa, no hay de otra. Si es falso que la Eucaristía es el mismo Cristo, siendo tan solo un símbolo de Cristo o una ceremonia establecida por Cristo, entonces los católicos son los idólatras más vergonzosamente sacrílegos e idiotas de toda la historia, al postrarse ante el pan y rendir culto al vino, y confundir las sustancias químicas con Dios. Pero si, al contrario, la afirmación católica es cierta, entonces nuestro idilio eucarístico con Cristo es para la vida lo que el acto conyugal es para el matrimonio. Es en efecto lo que el Catecismo lo designa: la fuente y la cumbre de toda nuestra vida cristiana. Los no católicos, aunque tengan fe, esperanza, caridad y la gracia salvífica en su alma, y aunque estén viviendo vidas maravillosamente santas, se pierden de la unión más perfecta, total e íntima posible en esta vida con su Señor y Salvador, su Creador y Redentor. Esta es una unión que es en realidad, si no en los sentimientos, aún más completa y perfecta que la experiencia mística.

No existe una postura intermedia en cuanto a la Eucaristía: es una cosa o la otra. Ambas posibilidades son asombrosas, incómodas, controvertidas y divisorias: cuatro consecuencias que generalmente tememos y evitamos, aunque Cristo no lo haya hecho. Él fue la Persona más asombrosa, incómoda, controvertida y divisoria que haya existido.

La Presencia Real de Cristo en la Eucaristía es como las otras tres cosas fundamentales que creemos de manera igualmente divisoria e incómoda: la existencia de Dios, la divinidad de Cristo, y la autoridad de la Iglesia. Veamos brevemente estas tres cosas.

Primero, si Dios no existe, entonces los creyentes no solamente están equivocados sino dementes, porque apoyan su vida entera sobre un espejismo y colocan absolutamente al centro y como cumbre de toda la vida humana a un ser que simplemente no existe. Son adultos que se comportan como niños chiquitos jugando con un amigo imaginario. Pero si Dios en verdad existe, los ateos son los dementes. Son como estudiantes universitarios que regresan a casa para pasar el Día de la Acción de Gracias o la Navidad sin nunca reconocer la existencia de sus padres, sin hablar nunca con ellos, sin mirarles nunca, sin nunca darles las gracias por sus alimentos y regalos, comportándose como si estuvieran solos. La única cosa imposible que tanto los ateos como los teístas sean personas sabias e inteligentes, y perfectamente cuerdas porque ambas viven en el mundo real. Esta es la sola cosa que es lógicamente imposible.

Segundo, si Cristo no es divino, como lo afirmó muchas veces y de muchas maneras en los Evangelios, entonces lo único imposible es que sea un simple hombre muy bueno y sabio. Tiene que ser o infinitamente más o infinitamente menos que eso. Si lo que Él afirma es verdad, entonces es infinitamente más que un hombre bueno. Es exactamente lo que Tomás el Incrédulo confesó que es, “Señor mío y Dios mío”. Y si es falso, entonces Él es infinitamente menos que un buen hombre. De hecho, es el peor hombre que haya vivido, el peor en el aspecto intelectual o el peor en el aspecto moral. Ya que si Él sinceramente cree que es Dios cuando no lo es, ésa es la locura más grande que puede haber; y si sabe que no es Dios pero dice serlo y nos pide que lo adoremos y coloquemos nuestra alma y nuestra salvación en sus manos, entonces es el blasfemo y mentiroso más grande de la historia. La única cosa que sería imposible que fuera es lo que casi todo no cristiano del mundo cree acerca de Él, un hombre bueno y sabio, pero no Dios.

Tercero, si la Iglesia Católica no es la voz visible y autoritativa de Cristo mismo; si Cristo en verdad no les dijo a sus apóstoles, “Él que te escucha, me escucha,” – o no lo dijo con sinceridad – entonces la Iglesia que dice ser la que recibió esa promesa no es simplemente una de los muchos miles de iglesias o confesiones falibles en el mundo, sino que de lejos la que es la más arrogante, egocéntrica, idólatra, blasfema y sacrílega. Pero si es lo que ella dice ser, entonces es única y sola en su afirmación y en la verdad objetiva de esa afirmación: porque sola ella es la Iglesia que es una, santa, católica, universal, y apostólica, la Esposa de Cristo. No puede haber muchas iglesias porque Cristo no se va a casar con un harén cuando vuelve; y su única Iglesia verdadera no puede ser simplemente la Iglesia invisible porque su Iglesia es su Cuerpo y su Esposa, no su fantasma o su casa embrujada.

Por lo tanto, lo que es imposible que la Iglesia Católica sea es lo que la mayoría de las personas no católicas creen que es: solo una de muchas confesiones cristianas buenas, pero falibles.

De modo similar, o se adora a la Eucaristía como Dios, como la extensión de la Encarnación, o se le denuncia como la idolatría más blasfema y ridícula de la historia. Lo único que le es imposible ser es algo cómodo y sujeto a conciliación, algo no divino, y por lo tanto no divisorio, un simple símbolo santo o ceremonia.

Así como Dios divide a la humanidad en creyentes y no creyentes, y el último término en los que irán al cielo o al infierno; y como Cristo vino no para unir a la humanidad, sino para dividir a la humanidad en dos bandos opuestos, a traer no la paz, sino la espada de la división, como Él mismo lo dijo; y como es la Iglesia Católica entre las instituciones lo que es Cristo entre los hombres: la que es mucho más amada y mucho más odiada que cualquier otra porque ella es la que hace las afirmaciones más intransigentes; así lo es con la Eucaristía. Es todo o nada, o es divinamente adorable o es demoníacamente idólatra.

Estas cuatro afirmaciones controvertidas tienen una relación lógica entre sí: si Dios no existe, Cristo no puede ser Dios; y si Cristo no es Dios, la Iglesia que Él fundó no puede tener autoridad divina; y si la Iglesia no tiene autoridad divina, no puede confeccionar y administrar la Eucaristía. ¡Es obvio que nada meramente humano pudiera ni remotamente llevar a cabo la transubstanciación del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo! Dios, Cristo, Iglesia y Eucaristía son cuatro eslabones interconectados de la misma cadena. La conexión podría expresarse al revés también: la razón de nuestra creencia en la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía es la autoridad de la Iglesia, quien la enseña; y la razón de nuestra creencia en la autoridad de la Iglesia es que ella ha sido establecida y ha sido dotada de autoridad por Cristo; y la razón de nuestra creencia en todo lo que dice Cristo, sin importar lo más increíble que parezca ser, es que Él es divino, no tan solo humano.

Esa es mi primera respuesta a la pregunta “¿Quién?” en la Eucaristía.

Hay, por supuesto, otro “quién” en nuestra comprensión de la Eucaristía, y somos nosotros mismos, como individuos y como colectivo, como Iglesia, el Cuerpo místico de Cristo.

En aras de esta unión eucarística entre nosotros y Cristo, esta boda espiritual, este idilio, ¿cuánta distancia nos trajo y cuánta distancia recorrió Él mismo?

Nos trajo desde la nada absoluta a la existencia:

  • Al crear el universo, la suma total de toda materia, desde la nada en lo que los científicos llaman el “Big Bang”;
  • Luego, al formar poco a poco nuestros cuerpos de esa materia, a partir de la “materia de las estrellas”, a lo largo de un tiempo que duró 13.8 billones de años por medio de los poderes y procesos que Él había creado y diseñado en la naturaleza, incluyendo la evolución;
  • Después, al crear desde la nada el alma inmortal de cada uno de nosotros tan pronto como nuestros padres procrearon nuestro cuerpo a partir de sus cuerpos y su material genética;
  • A continuación, al moldear y doblar providencialmente nuestra alma como origami a través de la interacción misteriosa de su Divina Providencia y nuestras elecciones libres a lo largo de nuestra vida, sus Manos invisibles de la Divina Providencia dirigiendo cada evento de nuestra vida como director de orquesta.

Nos trajo así de lejos para el momento de nuestra comunión con Él en la Eucaristía.

Y ¿desde cuán lejos vino Él mismo? Así como nosotros venimos de la nada de la inexistencia, Él bajó de la plenitud eterna de la existencia al tiempo y a la materia y a la historia y a nuestra raza caída y a la peor tortura que el mundo hubiese inventado, la crucifixión, y al peor pecado cometido por el mundo, el pecado del deicidio, el asesinato de Dios; y luego bajó a la muerte y a la tumba y al inframundo; y volvió a subir por medio de la Resurrección y la Ascensión; y luego, en su Espíritu, bajó de nuevo en Pentecostés, y otra vez en cada consagración eucarística (puesto que el milagro de la Transubstanciación sucede solo por medio de la invocación del Espíritu Santo, la epíclesis, junto con las palabras consecratorias del sacerdote); y luego baja a nuestra boca, nuestra lengua, nuestro esófago, nuestro estómago, a las meras células de nuestro cuerpo. Entramos a las alturas de su vida divina al entrar en las profundidades de nuestra vida humana – a nuestra muy literal vida biológica, no solamente a nuestro “estilo de vida”. Es una historia asombrosa, este drama doble, este romance cósmico y súper-cósmico, y es exactamente lo contrario de lo que parece ser, ya que cuando aparentemente comemos este pan y lo transformamos en nosotros, realmente es Él quien nos transforma en Él. Pareciera que nosotros traemos su plenitud hacia nuestro vacío, hacia nuestra boca y nuestro estómago vacíos, pero en realidad es Él que trae nuestro vacío hacia su plenitud. Lo que parece ser la humanización de la divinidad es realmente la divinización de la humanidad. Esto es el quién es quién en la Eucaristía.

¿Cuándo?

¿Cuándo es que lo encontramos? De tres maneras: cuando participamos en la Misa, o recibimos la Eucaristía, o participamos en la adoración eucarística.

Pero hay algo aún más misterioso en relación al “cuándo”: el tiempo mismo. Esto va a requerir que pensemos intensamente. Jesús es el Dios eterno, y no pierde su naturaleza divina y eterna cuando asume una naturaleza humana y temporal en la Encarnación. Debido a esto, Él puede hacer lo que las creaturas sujetas a la temporalidad no pueden hacer: Él puede trascender el tiempo aun estando en el tiempo. Esto significa que lo que hizo hace 2,000 años, lo está haciendo ahora, puesto que todos los tiempos son “ahora” para Él que es eterno. Él cruza el tiempo para llegar a nosotros. La Eucaristía es lo más cercano que tenemos de una máquina del tiempo.

Y así, el que es el Eterno, a quien nos encontramos en la Eucaristía, sigue en su presente que no tiene fin para hacer para nosotros todas las cosas que ya hizo en nuestro tiempo pasado, de acuerdo a las Escrituras. También hace ahora lo que hará en nuestro tiempo futuro, según las profecías del último libro de la Sagrada Escritura.

Cuando nos lo encontramos en la Eucaristía, nos crea, nos da nuestro ser. No nos creó a nosotros y a nuestro universo en un cierto momento dado EN el tiempo; Él creó el tiempo mismo, Él creó simultáneamente toda la historia, incluyendo este momento. Nos está creando ahora. Nos está amando hasta darnos existencia. Si nos dejara de amar, dejaríamos de existir, volveríamos a eso de lo que fuimos hechos, es decir a la nada.

Se está encarnando ahora, por su amor eterno por nosotros, se hace uno de nosotros; compartiendo nuestro paulatino crecimiento y educación y nuestras limitaciones en el tiempo; amando y obedeciendo a su familia; amando a la casa de su Padre aún a la edad de doce años; amando tanto a su madre que conforma su Voluntad a la de ella, como lo hizo en Caná de Galilea, porque ella conformaba su voluntad tan perfectamente a la suya. Él ahora está realizando todas las cosas que se profetizaban acerca del Mesías: perdonando nuestras iniquidades, sanando nuestras enfermedades, redimiendo nuestras vidas de la destrucción, coronándonos con amabilidad amorosa y tiernas misericordias de modo que nuestra juventud sea renovada como la de un águila. Está levantando a Lázaro de entre los muertos y elevando a nuestra fe tipo Martha de la muerte también, desde su simple fe en el futuro (“Ya sé que mi hermano resucitará en la resurrección, el último día”) a la fe en el momento presente (“YO SOY la Resurrección y la Vida”).

Ahora nos está enviando de Nuevo a su Espíritu en un trillón más de Pentocostéses. Nos está haciendo lo que su ángel le prometió hacer a María, cuando dijo que “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo Niño que nacerá será llamado Hijo de Dios”. Él que nace del cuerpo de María también nace en nuestra alma cuando volvemos a nacer por la fe y el Bautismo, y en nuestro cuerpo también por la Eucaristía.

Ahora está subiendo al cielo con trofeos y el botín de su batalla victoriosa contra el diablo. Nosotros somos sus trofeos y su botín. Estamos en las primeras fases de nuestro camino al cielo, estamos subiendo la escalera de Jacob.

En el eterno presente, aún ahora, está diciendo, “Se acabó el tiempo. Regresa a casa, mi hijo, y te juzgaré con la medida de mi amor y verdad. Te juzgaré como de verdad eres, como uno de mis hijos, y compartiré contigo el gozo que es tan grande que no puede entrar en ti, pero tú sí puedes entrar en él.”

Nada nos es más difícil, para nosotros creaturas temporales, que comprender su eternidad; pero podemos comprenderla por lo menos un poco mejor si recordamos que la eternidad significa no solamente el tiempo infinito o la inmortalidad, sino también el trascender el tiempo, trascender el pasado y el futuro para ser todo presente. Todo lo que es pasado muerto o futuro por nacer es presente vivo para Él, y, por ende, para nosotros en cuanto estamos en Él. Nada se pierde para siempre, excepto en el infierno.

Intentemos un poco más pensar con mucho rigor acerca del tiempo y de la eternidad. Dios es eterno porque Él es totalmente real, completamente actual, no compuesto de actualidad y potencialidad, como lo somos todas las creaturas. El tiempo no divide su ser, como divide lo nuestro en pasado y futuro. A Él no le falta lo que nos falta a nosotros siendo pasado muerto o futuro no nacido; todo está allí para Él en su presente. Nuestro pasado y nuestro futuro están allí para nosotros solo de forma mental, en nuestra memoria y anticipación. Pero todo está allí realmente en Él. Lo que es el pasado para nosotros está muerto, pero para Él está vivo. Lo que es el futuro para nosotros está aún por llegar, pero para Él ya está. Es por eso que Él nos dice en el Cantar de los Cantares, su esposa, su Iglesia: “Toda tú eres hermosa, amada mía, y no hay defecto en ti” (Cantar de los Cantares 4,7). No dice esto porque Él nos ve como seremos en el cielo, después de completar nuestros purgatorios antes y después de nuestra muerte.

Dios no está en el tiempo porque Él es actualidad pura. Santo Tomás distingue dos sentidos para la actualidad: “primer acto”, que es la existencia, y “segundo acto”, lo cual es acción o actividad. Todo lo que existe actúa de alguna manera. Dios es siempre actual; por lo tanto, siempre está actuando. Siempre está haciendo algo. Está actuando ahora, en este momento muy presente en el tiempo y en este lugar.

Pero, ¿cómo actúa en el tiempo y en nuestro mundo? Lo vimos actuando durante los 33 años de la Encarnación de Cristo. Aunque ya no lo vemos, sigue actuando. Donde esté, actúa; está por todas partes, por lo tanto, está actuando por todas partes – no solo está existiendo, sino actuando, y no solo primer acto, sino también segundo acto, no solo actualidad, sino también actividad.

¿Qué actividad realiza en la Eucaristía? Esa pregunta corresponde la “¿qué?, nuestra siguiente pregunta, la cual abordaré en la segunda parte de esta serie.

Peter Kreeft, Ph.D., es Profesor de Filosofía en el Boston College. Ama a sus cinco nietos, cuatro hijos, una esposa, un gato, y un Dios. Sus 75 libros incluyen Handbook of Christian Apologetics (Manual de la apologética cristiana), Christianity for Modern Pagans (Cristianismo para paganos modernos), y Fundamentals of the Faith (Fundamentos de la fe).


This article is from The Catechetical Review (Online Edition ISSN 2379-6324) and may be copied for catechetical purposes only. It may not be reprinted in another published work without the permission of The Catechetical Review by contacting editor@catechetics.com

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