Las virtudes del liderazgo cristiano

Authored by Rev. Marek Duran in Issue #6.3 of The Catechetical Review

Un proverbio chino dice, “el hombre sin virtud es el inhumano”. Esta es una declaración muy radical, una que es políticamente incorrecta. Es una afirmación que escandaliza a nuestra obsesión igualitaria. Sin embargo, aunque la declaración sea bastante inofensiva para nuestros oídos, parece resonar en lo profundo de nuestra alma. ¿Por qué? Joseph Pieper, en su libro titulado Faith, Hope, Love (Fe, esperanza y amor) sugiere la respuesta al declarar que la virtud es “el mejoramiento de la persona humana”, “lo máximo de lo que puede ser el hombre”. “Es el reconocimiento de la potencialidad del ser de la persona. Es una perfección de su actividad”, y “la constancia de la orientación del hombre hacia la realización de su naturaleza, es decir, hacia el bien”.[1] En otras palabras, tanto un sabio chino como un filósofo contemporáneo están de acuerdo en afirmar que la virtud hace de la persona que la posee un ser humano realizado, un ser humano que está plenamente vivo. Por otro lado, una persona que no está creciendo en la virtud es una persona cuyo ser moral y espiritual está atrofiado.

Todos deseamos ser plenamente vivos. Si tal es el caso, necesitamos aprender más acerca de las virtudes y practicarlas con celo. Entre todas ellas, la magnanimidad y la humildad son de la mayor importancia. Se habla sólo raramente de estas virtudes. No obstante, Aristóteles decía que la magnanimidad (literalmente, “la grandeza del alma”) es “la corona de todas las virtudes”, mientras que, para los cristianos, la humildad es la raíz de todas las virtudes. Sin la magnanimidad, las virtudes no alcanzan la plenitud de su potencial y sin la humildad, las virtudes se degeneran, convirtiéndose en vicios de autosuficiencia. La magnanimidad y la humildad son dos lados de la misma moneda, la cual se llama liderazgo cristiano. Siguiendo la iniciativa del erudito francés Alexandre Havard, quisiera presentar a la magnanimidad y a la humildad como dos virtudes que constituyen la esencia del liderazgo. Las virtudes naturales de la prudencia, la justicia, la valentía y la templanza son los cimientos del liderazgo; y las virtudes teologales de la fe, esperanza y caridad dan estructura a nuestra capacidad para dirigir. La magnanimidad y la humildad, en palabras de Havard, son “las virtudes de la grandeza visionaria y de la devoción al servicio.” [2]

Hace poco conocí a un líder de esta índole. Soy profesor de seminario y miembro del equipo formador. Hace un mes, fui con catorce seminaristas en un viaje misionero a Perú. Pasamos una semana en una parroquia llamada Santísimo Sacramento. Nuestro anfitrión es el rector de esa parroquia. Su nombre es P. Joseph y es originario de Wisconsin, pero fue ordenado en Perú y ha servido a su comunidad por más de veinticinco años. Llegar a conocer a P. Joseph fue un verdadero placer. He aquí un hombre lleno de celo apostólico, visión y humildad. La filosofía de vida de P. Joseph se podría resumir de esta manera: “No hagas pequeños planes porque no tienen el poder para inflamar a los corazones humanos”. A menudo repetía esa frase y vivía de acuerdo a ella. Es un volcán de ideas y programas nuevos. Sin embargo, lo que más desea es que “su” gente cumpla con la vocación que Dios les ha dado para alcanzar “el estado de hombre perfecto y la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo”.[3] P. Fr. Joseph es un gran hombre y hace de todos los que se asocian con él mejores personas. Exhibe las cualidades del liderazgo cristiano: la magnanimidad y la humildad.

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