Discípulos que forman otros discípulos

Authored by Kristi Scheerbaum in Issue #5.4 of The Catechetical Review

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La necesidad en la Iglesia

El discipulado es una palabra que muchos comprenden solo parcialmente. Si la gente está familiarizada con la palabra, generalmente la definen como ser seguidor de Jesús. El problema es que muy poca percibirá que el discipulado también abarca el ser formador de discípulos. Al responder a la Gran Comisión en Mateo 28, 19-20, somos llamados no solamente a seguir a Jesús y todo lo que Él enseña, sino también a ir y hacer discípulos.

Comprendido de esta forma, el discipulado resuelve muchos de los retos que tenemos en la Iglesia hoy en día. La comunidad auténtica resulta de discípulos que hacen otros discípulos, porque con tal de formar a las demás personas, se tiene que entrar en relación con ellas. Nuestras comunidades eclesiales a menudo sufren de una escasez de relaciones interpersonales, vulnerables e íntimas. Sin este tipo de relaciones, sobreviene la soledad que trae consigo la tentación de encubrir el dolor del aislamiento a través de una variedad de pecados. La Iglesia require de seguidores de Jesús que estén dispuestos a invertir su tiempo y su vulnerabilidad en relaciones con los demás y enseñarles cómo seguir a Jesús.

Aunque algunas personas sí estén dispuestas a compartir su fe con los demás en una relación informal, muchas de ellas no saben cómo iniciar una relación de discipulado intencionada con otra persona. Quizás logren ir más allá de lo básico del compartir que son católicas, pero luego, ¿qué hacer? La Iglesia requiere de procesos claros que ayuden al parroquiano promedio a responder al llamado del discipulado – procesos que les ayudarán a crecer en su propia fe y que les dará la confianza y la estructura para compartir su fe con los demás. Mientras existe una abundancia de organizaciones y programas que inspiren a la gente a desarrollar una relación más estrecha con Cristo, no necesariamente inspiran a esta gente a que comparta esa relación con los demás. El solo darle a la gente algún libro, enseñarle un video, o enviarle a una conferencia no lo logrará.

Por ejemplo, los organizadores de las “Conferencias de Steubenville” que cada año facilitan el encuentro con Cristo de casi 60,000 adolescentes y adultos a lo largo y ancho de Norteamérica, creen que la experiencia de conversión de los participantes que se da durante una sola conferencia debe de recibir seguimiento al nivel parroquial. Hasta los católicos más llenos de alegría requieren de ayuda con este siguiente paso de discipulado. En 2017, la Oficina de Extensión Cristiana de la Universidad Franciscana de Steubenville emprendió un proyecto de investigación de un año de duración para determinar un modelo de discipulado que resultara en la formación de discípulos que también sean formadores de discípulos (multiplicación espiritual). Este artículo compartirá con usted sus hallazgos y propondrá un modelo específico de discipulado dual. (Alerta de spoiler: es el método del mismo Jesús.)

La investigación

El estudio examinó las prácticas más recomendadas de organizaciones tanto católicas como protestantes, para encontrar un modelo que resultara en la multiplicación espiritual, no solamente a corto plazo, sino que también fueron comprobadas sustantivamente a lo largo de un cierto periodo de tiempo. El objetivo fue encontrar algo que pudiera utilizarse al nivel parroquial o de parte del individuo que deseaba regresar a casa tras una experiencia de conversión en una conferencia para comenzar a crecer y a compartir.

Siendo un tema popular en muchas denominaciones, hay mucha gente haciendo un buen trabajo en el campo del discipulado. Sin embargo, la mayor parte de los trabajos que investigamos todavía no habían resuelto el problema de cómo conservar el impulso para generar una multiplicación espiritual real, es decir, un discípulo que enseña a un discípulo cómo formar a otro discípulo. Dentro de la Iglesia Católica, los recintos universitarios con modelos de discipulado son los que mayor éxito demuestran hoy en día - más que en las parroquias.

La investigación concluyó que un modelo exitoso, comprobado a lo largo del tiempo, no existe en un ambiente no universitario en la Iglesia Católica. Esto no significa que no haya algunas cosas muy buenas sucediendo en comunidades católicas dentro de algunas diócesis específicas (por ej. estudios bíblicos, pequeños grupos que comparten su fe, conferencias con ponentes dinámicos, y hasta una gran oferta de cursos en línea), pero se encontró que ninguno de estos programas examinados en el ambiente parroquial resultó haber alcanzado una multiplicación espiritual en el transcurso de un largo periodo de tiempo.

Un modelo que funciona

La segunda fase de la investigación reveló un modelo de discipulado que utiliza microgrupos (de 3 a 4 personas) y crea intencionadamente dentro del mismo proceso una cultura a la expectativa de su reproducción. Los resultados obtenidos eran masivamente mejores que con todos los demás enfoques, lo cual no nos debe de sorprender cuando consideramos que el discipulado a través de microgrupos tiene sus raíces en el ejemplo del ministerio de Jesús en el que Él discipulaba muy de cerca a los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan.

Hace más de 35 años, Greg Ogden descubrió la potencial poderosa de los microgrupos mientras completaba su grado para obtener su Doctorado en el Ministerio. Aunque originalmente creía que la manera en la que se formaba discípulos era con el modelo de uno-a-uno demostrado por Pablo y Timoteo en el Nuevo Testamento, su asesor sugirió que considerara una variedad de otros modelos. Lo hizo, probando el microgrupo de tres a cuatro personas, el discipulado de uno-a-uno, y pequeños grupos de seis a diez personas. Descubrió que el ambiente creado con tres a cuatro personas fomentaba un verdadero “semillero” de crecimiento que no estaba presente en el modelo de uno-a-uno, ni en el grupo de tamaño tradicional. Todo esto lo documentó en su libro Transforming Discipleship (Discipulado que transforma) [1].

Los frutos del microgrupo han sido verificados desde hace más de tres décadas, con un aproximado 60% de los que participan en el proceso de discipulado en microgrupos que continúan para desarrollar sus propios grupos y, por lo tanto, que generan un proceso de multiplicación espiritual.

Algunas iglesias no confesionales obtuvieron resultados similares al utilizar el modelo de grupos pequeños (i.e. seis a ocho o más personas), pero su éxito dependía del hecho de que la cultura de pequeños grupos ya era central a la vida de su iglesia, y una cultura de este tipo no existe en la mayoría de las parroquias católicas.

Características del microgrupo

Un beneficio de este proceso es que se puede llevar a cabo dentro de una variedad de contextos. No depende de un fuerte apoyo parroquial, como es el caso de muchos de los demás modelos de pequeños grupos. Se ha comprobado que este proceso de microgrupos también funciona bien en la vida de las personas que tengan un trabajo de tiempo completo, una familia, y una multitud de otras responsabilidades. Es un modelo de multiplicación espiritual que funciona dentro del contexto de la vida de la persona promedia, facultándole para hacer discípulos de los demás. 

Ogden ha identificado cinco puntos que indican porqué los microgrupos son efectivos:

He llegado a considerer a los grupos de tres o cuatro personas como el marco óptimo para hacer discípulos. ¿Porqué creo que un grupo de tres o de cuatro sea superior al enfoque uno-a-uno?[MOU1]

1. El uno-a-uno establece una dinámica maestro-estudiante. El formador de discípulos está bajo presión para convertirse en la persona que tiene todas las respuestas o es la fuente de toda sabiduría y discernimiento. Al agregar a una tercera persona, la dinámica cambia hacia un proceso grupal. El que forma discípulos ahora puede contribuir con más naturalidad a la dinámica del intercambio grupal.

2. El discipulado en grupos de tres (microgrupos) traslada el modelo desde uno que sea jerárquico hacia uno relacional. El factor que más inhibe a los que están siendo discipulados para formar a otros discípulos (multiplicación espiritual) es la dependencia fomentada por las relaciones uno-a-uno. El grupo de tres o de cuatro, al contrario, percibe al discipulado como una relación de caminar juntos en un viaje mutuo hacia la madurez en Cristo. Se minimiza así la dimensión jerárquica.

3. La diferencia más sorprendente entre uno-a-uno y grupos de tres o de cuatro es el sentido de ser “parte de un grupo”. El sentido de la presencia del Espíritu Santo en medio de nosotros sucedió con mayor frecuencia en el grupo que en el modelo uno-a-uno.

4. Hay sabiduría en el grupo. El enfoque grupal multiplica las perspectivas sobre la Escritura y su aplicación a las cuestiones relacionadas con la vida, mientras que el uno-a-uno limita los modelos y la experiencia. Al agregar por lo menos un tercer miembro, se obtiene otra perspectiva sobre el proceso de aprendizaje. Los miembros del grupo sirven como maestros los unos de los otros.

5. Por último, y no por eso de menor importancia, al agregar una tercera o una cuarta persona que se está preparando para formar discípulos de los demás, el proceso de multplicación se incrementa geométricamente.

Si tres es mejor que dos, ¿porque no sería mejor diez que tres? Entre más grande sea el grupo, más se diluyen los elementos esenciales que hacen la transformación.

1. La verdad – el aprendizaje ocurre en proporción directa con la capacidad para interactuar con la verdad, lo cual se vuelve más difícil con el número creciente de voces que contribuyan. También, entre más grande sea el grupo, más difícil es ajustar la velocidad de aprendizaje a la medida del individuo.

2. Relaciones transparentes – la auto-revelación es integral a la transformación, y el abrirse se hace cada vez más difícil en proporción directa con el tamaño del grupo. Si no somos libres para divulgar nuestras luchas, entonces el Espíritu no podrá utilizar a los miembros del grupo para ministrar efectivamente en el momento necesario.

3. La mutua rendición de cuentas – entre mayor sea el grupo, más fácil es esconderse. La rendición de cuentas requiere la capacidad para averiguar si las tareas fueron completadas o si los compromisos de obediencia fueron sostenidos. Un número mayor de personas reduce el acceso a la vida de una persona.[2]

El desarrollo de las Cuadrillas de Discipulado

Tras estudiar la metodología y el proceso de Ogden, y luego de consultar con él personalmente para determinar los elementos esenciales del discipulado dual, la Oficina de Extensión Cristiana en la Universidad Franciscana desarrolló un proceso llamado Cuadrillas de Discipulado.[3]  Exploraremos a continuación sus elementos esenciales.

Formación por medio del contenido

Según Ogden, el proceso microgrupal es el envase y el programa de estudios es el contenido del envase. Por lo tanto, el proceso puede ser utilizado con una variedad de diferentes programas de estudio. Uno de los libros de Ogden, Discipleship Essentials (Manual del discipulado: creciendo y ayudando a otros a crecer), incluye su programa de estudios para microgrupos. Tras consultar este libro, además de recursos sobre el discipulado específicamente católicos, la Oficina de Extensión Cristiana creó su propio programa de estudios para el discipulado, uno que está enraízado en la enseñanza católica y enfocado a la estructura y el proceso de las ideas de Ogden. Este programa de estudios comienza con el kerigma (la proclamación básica de la Buena Nueva esencial de la cristiandad) y luego entra en las disciplinas del discípulo, concluyendo con un llamado de ir y compartir la Fe con los demás desde una relación de discipulado. El contenido enfoca la formación de discípulos por medio de contenido catequético, aplicación práctica, auto-evaluación, y la rendición de cuentas.

La duración del estudio es otro element del micrgrupo que lo hace efectivo. Siguiendo el plan de Ogden, los grupos típicamente toman unos 12 meses para completar su plan de estudios. El tiempo que pasan juntos es importante porque proporciona el tiempo requerido para desarrollar la intimidad con los demás, y da la oportunidad para un largo remojón intelectual y espiritual en el poder transformador del contenido del programa de estudios.

Una invitación orante

Cuando una persona ha decidido que él o ella desea comenzar un grupo (como coordinador), el siguiente paso es orar. Ogden sugiere un proceso que comienza con pedirle a Dios que Él coloque en su corazón los nombres de las personas que debe de invitar. Considere redactar una lista de todos los nombres que le vienen a la mente para luego pasar tiempo en oración con esa lista pidiéndole a Dios que escoja las tres personas específicas que deba de invitar. Los frutos de este proceso orante para invitar a los demás son poderosos, ya que le permite a Dios conducir al coordinador hacia personas inesperadas, preparando su corazón y su mente para lo que Dios les tiene en espera.

La intencionalidad de la multiplicación espiritual desde el inicio

“El compromiso” es también un elemento importante en el proceso de las Cuadrillas de Discipulado. Cuando se les invita a los demás a que formen parte de una Cuadrilla, reciben un documento escrito que contiene un compromiso, el cual describe en detalle los cinco puntos con los que se les pide estar de acuerdo cuando se comprometen al grupo. Uno de estos puntos es que ellos consideren con toda gravedad su compromiso por prolongar la cadena de discipulado, comprometiéndose a invertir un año más con otras personas al concluir el programa con este grupo. Por lo tanto, la expectativa y la intención de reproducción de los grupos están hechos patentes desde el inicio. También, dentro del proceso, el grupo vuelve a los puntos del compromiso en varios momentos para seguirles recordando a los miembros a qué se han comprometido y para que comiencen a platicar y orar para aquellos que invitarán para formar parte de un nuevo grupo más adelante. Esto genera una cultura a la expectativa de la reproducción.

La rotación de la moderación de la Cuadrilla

Algunas personas les intimida la idea de conducir o coordinar  a un grupo de personas dentro de una relación de discipulado. Para responder a esta inseguridad, Ogden incluyó dentro del proceso una oportunidad para que todos los miembros de la Cuadrilla se turnen en la conducción de las sesiones. Con esto, al completar su tiempo juntos, todos ya tienen experiencia con la conducción, lo cual les deja capacitados, minimizando así los miedos asociados con ir adelante con sus propios grupos.

La fraternidad genuina

Con un grupo de cuatro personas, la fraternidad genuina y la vulnerabilidad se dan muy fácilmente. En las primeras dos reuniones, los miembros comparten sus viajes espirituales siguiendo un esquema para reflexionar sobre lo que Dios ha hecho en la vida de cada uno hasta ese momento, creando así una base para la discusión a lo largo del resto del programa de estudios. El no tener más de cuatro personas en la plática es importante, ya que proporciona suficientes personas para incrementar la rendición de cuentas y la fraternidad, sin llegar a ser tantas personas que la intimidad haga falta.

Conclusión

Ahora, más que nunca, la Iglesia necesita de personas que se comprometan a vivir una vida de discipulado en el sentido más pleno de la palabra. El enfoque de los microgrupos o de las Cuadrillas de Discipulado responde a esta necesidad, proporcionando un formato fácil de seguir que fomenta el crecimiento de su propia fe y que hace de ellos también formadores de discípulos.

Kristi Scheerbaum trabaja como consultora en la Oficina de la Extensión Cristiana de la Universidad Franciscana tras servir en el equipo durante nueve años. Para mayores informes sobre las Cuadrillas de Discipulado, envíe un correo electrónico a discipleship@franciscan.edu o visite https://steubenvilleconferences.com/discipleship-quads.

Notas


[1] Greg Ogden, Transforming Discipleship (Discipulado que transforma) (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 2016).

[2] Greg Ogden, Discipleship Essentials Expanded Edition (Manual del Discipulado, Versión Expandida) (Downers Grove, IL: InterVarsity Press, 2007), 10-11. A longer explanation can be found in Greg Ogden’s book Transforming Discipleship, 138-141.

Spanish translation by Althea Dawson Sidaway ads2006@prodigy.net


This article is from The Catechetical Review (Online Edition ISSN 2379-6324) and may be copied for catechetical purposes only. It may not be reprinted in another published work without the permission of The Catechetical Review by contacting editor@catechetics.com

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