El regalo de la gracia sacramental tiene dos vértices: sanar y elevar

Authored by Sr. Mary Madeline Todd, OP in Issue #5.1 of The Catechetical Review

Uno de los signos de la experiencia contemporánea es un sentido muy extendido de quebrantamiento, una especie de pesadez de ser. Por lo mismo, una de las afirmaciones menos debatidas de la cristiandad es que tenemos necesidad de sanación, tanto a nivel personal como a nivel social. Los analistas sociales buscan sin cesar las causas de este descontento individual y colectivo. Mientras existan factores culturales que contribuyan a la enfermedad posmoderna, la teología cristiana siempre ha ofrecido una causa de raíz del descontento de la humanidad: el pecado original que heredamos y los pecados personales que cometemos. Si el pecado fuera el fin de la historia, la Cristiandad ofrecería un panorama bastante desolador. Según sugiere su mismo nombre, sin embargo, la Cristiandad no termina con nuestro quebrantamiento, sino que señala hacia arriba y hacia afuera a Cristo, quien vino a este mundo precisamente para salvarnos de nuestro pecado y del peso de sus efectos.

Aunque siga el debate sobre las raíces de los problemas de la humanidad, el punto central de la Buena Nueva del Evangelio es la verdad de que Jesús vino para que nosotros pudiéramos tener vida (Cf. Jn 10,10). Esta participación en la vida divina por medio de la gracia, recibida de manera especial por medio de la oración y de los sacramentos, se nos ofrece gratuitamente. La gracia es un don divino que a la vez sana nuestro quebrantamiento y nos eleva a la verdadera grandeza espiritual. Santo Tomás de Aquino escribió sobre este doble efecto de la gracia en la Summa Theologiae: “…el hombre para vivir rectamente necesita un doble auxilio de la gracia de Dios. El primero es el de un don habitual por el cual la naturaleza caída sea curada y, una vez curada, sea además elevada, de modo que pueda realizar obras meritorias para la vida eterna, superiores a las facultades de la naturaleza. El segundo es un auxilio de gracia por el cual Dios mueve a la acción. Ahora bien, el hombre que está en gracia no necesita otro auxilio de la gracia, en el sentido de un nuevo hábito infuso. Pero sí necesita un nuevo auxilio en el segundo sentido, es decir, necesita ser movido por Dios a obrar rectamente.”[1] Estos efectos curativos y transformativos de la gracia son precisamente el antídoto contra nuestros corazones rotos y nuestro mundo roto.

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